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24 Febrero 2012

Postales desde la orilla del mundo

¿Qué significa la palabra Hébridas? Cuando oí hablar por primera vez de este brumoso archipiélago situado al noroeste de Escocia y conformado por más de doscientas islas, creí que su nombre tenía algo que ver con la ebriedad: un paralelismo melodioso. Ahora sé que las Hébridas fueron llamadas Hebudes por Plinio el Viejo en el año 77 de nuestra era y Ebudae, en griego, por Ptolomeo; que han estado habitadas al menos desde el siglo V o VI a.C.; que al parecer un error de imprenta las bautizó como hoy las conocemos. ¿Y quién, me pregunto, habrá sido el responsable de la errata: un cartógrafo ebrio, hechizado por la belleza de los mapas, o un antecesor de George Orwell, que decidió refugiarse justo en una de las Hébridas (Jura) para escribir 1984?

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Mi romance con las Hébridas se remonta a una fotografía hallada hace unos años en la revista Altaïr: una cabina telefónica británica recortada contra un cielo tormentoso, un esbelto monolito carmesí en lo alto de un acantilado que me hizo pensar en el último vestigio de una civilización extinta y me trajo a la memoria una película filmada, si no me equivoco, precisamente en las Hébridas: Local Hero, de Bill Forsyth. Cerré los ojos y oí un teléfono que sonaba en la distancia, en la lejanía escocesa, una tarde de lluvia. ¿Quién va a contestar?, me dije. Si nadie lo hace, debo ir allá para responder la llamada. Así supe que mi romance había comenzado y que un día enfilaría hacia el norte en busca de una cabina, no, una caja roja de cara al Océano Atlántico. (Prefiero el término caja telefónica, telephone box, porque esa clase de cabina me recuerda las cajas de Joseph Cornell, el artista neoyorquino que declinó viajar para resucitar en sus mapas interiores, toda una cartografía mágica surgida del sótano de una casa prefabricada en Utopia Parkway, Queens.)

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En Inverness, la capital de las Highlands escocesas cercana al famoso Loch Ness, abordo un autobús operado por Citylink que tardará tres horas y cuarto en llegar a Portree, la capital de Skye; esta isla, la segunda más grande de las Hébridas luego de Harris y Lewis, está unida a tierra firme por un puente ultramoderno que parte de Kyle of Lochalsh, un pueblo que se antoja fronterizo y por el que circula un aire con olor a finis terrae. El trayecto por carretera es inolvidable: el autobús bordea Loch Ness para después internarse en las Highlands, un espectáculo en el que montañas y lagos inventan la poesía de la distancia. Y hablando de poesía, hay un texto de Robert Burns, figura clave de la literatura escocesa, que fue musicalizado por Arvo Pärt; un texto, apunta el compositor estonio, “que ha resonado dentro de mí toda mi vida”. El poema se titula “Mi corazón está en las Highlands”, y basta un fragmento para dar una idea de la nostálgica armonía que transmite esta región de donde proviene el Highlander de Russell Mulcahy: “Mi corazón está en las Highlands, mi corazón aquí no está,/ En pos de ciervos de las Highlands mi corazón va:/ En pos de los ciervos, en pos de corzos salvajes;/ Mi corazón está en las Highlands doquiera que viaje […] Adiós a las altas montañas de cumbres nevadas;/ Adiós a los valles y a las tierras verdes y bajas;/ Adiós a los bosques y a las frondas silvestres;/ Adiós a los ríos y a los caudalosos torrentes.”

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Con todo y monstruo falso –quizá, dicen, se trata de una anguila gigante–, Loch Ness se ha ganado a pulso cada uno de sus casi cuarenta kilómetros de misteriosa reputación: imposible apartar la mirada de él. No importa que san Columba, el misionero irlandés que dejó su patria para evangelizar Escocia, haya sido la primera persona letrada que vio a la “elusiva criatura” en el siglo VI, ni que su biógrafo, san Adamnan o Eunan, haya escrito: “Al llegar a orillas del lago, Columba advirtió que un pobre hombre era sepultado; los enterradores dijeron que, mientras nadaba, el hombre había sido atacado y mordido salvajemente por una bestia acuática. Pese a ello, el santo ordenó a Lugne, uno de sus acompañantes, que nadara al otro lado y trajera una barca. Lugne obedeció sin chistar, pero de pronto… el monstruo salió a la superficie y con las fauces abiertas y un rugido ensordecedor se abalanzó hacia el hombre a mitad de la corriente. Mientras los demás se quedaban paralizados de terror, el santo alzó su mano bendita y ordenó a la cruel bestia: “No toques a ese hombre, aléjate de inmediato.” Como impulsado por sogas, el monstruo huyó asustado a su refugio.”

Tampoco importa todo el escándalo en torno de las célebres fotografías fechadas en 1934 que han dado la vuelta al mundo. (Antes de morir, el fotógrafo, un cirujano londinense llamado R. K. Wilson, admitió que las imágenes estaban trucadas. Y la teoría más reciente, del paleontólogo Neil Clark, se refiere a las similitudes entre la supuesta criatura y los paquidermos cuando nadan; curiosamente, un circo con todo y elefantes pasó cerca del lago justo en la década de los treinta, en pleno auge de los avistamientos monstruosos.) Ni siquiera importa el propio –o la propia– Nessie, hoy día no más que un risueño juguete exhibido en infinidad de presentaciones en las tiendas para turistas que flanquean Loch Ness. Lo que importa es la sensación que fluye por tu cuerpo cuando te arrodillas en la ribera del lago en una tarde de viento y lluvia –el cielo una paleta de múltiples grises– y extiendes los dedos para tocar el agua: gélida, como si viniera de un glaciar. (Oriundo de Inverness, el taxista que he contratado me dice que la temperatura no varía mucho: apenas dos grados entre verano e invierno, de modo que el agua siempre está helada. ¿Qué habrá pensado el maratonista que, según alguien me dijo, planeaba recorrer todo Loch Ness pero por debajo del agua?) Importa esta historia: el 21 de septiembre de 1985, un bombardero Wellington matrícula N2980-R fue rescatado de una profundidad de setenta metros; se desplomó debido no a un ataque de la Luftwaffe sino a una falla en la turbina de estribor mientras realizaba pruebas durante una tormenta de nieve en la Nochevieja de 1939. El artillero que iba en la cola de la aeronave murió porque su paracaídas no se pudo abrir; los otros siete tripulantes sobrevivieron. (Veamos la siguiente estampa: un avión olvidado durante casi medio siglo en el fondo de un lago, este gigantesco lago: un imán que atrae corrientes extrañas y sombras que no son peces. Ojos que se abren en la oscuridad para contemplar la cabina vacía, las alas cubiertas de algas.) Importa, por fin, lo que el taxista me dice con gran aplomo:

–Sé que hay algo allá abajo. No sé nada de monstruos, pero sin duda hay algo en lo profundo.

¿Algo, tal vez, del tamaño de una leyenda? ¿O algo del tamaño de un bombardero fantasma que aguarda impacientemente a sus ocupantes?

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Una vez en Skye, al cabo de cruzar el puente de Kyle of Lochalsh, las señales que anuncian pueblos y aldeas están en inglés y gaélico, un rasgo que caracteriza a las Hébridas. Skye, An t-Eilean Sgitheanach: isla de nubes o niebla. Portree, Port Righ: puerto del rey. (Recibió este nombre luego de una visita de Jacobo V en 1540.) Justo en Portree corroboro lo que he escuchado: mientras más al norte viajas, más amable es la gente. El taxista que me lleva al hotel Cuillin Hills, donde he reservado una habitación sencilla (la tarifa incluye el típico desayuno escocés y una cena opulenta, de tres platillos, cuyo menú cambia día con día como si se preparara en una novela de Agatha Christie), dice que soy el segundo mexicano que conoce; el primero fue el futbolista Hugo Sánchez –“En la tele, claro”–, a quien no se cansa de alabar durante el trayecto de diez minutos. En verano, dice el conductor, Skye se llena de turistas de todos los países; no recuerda, sin embargo, haberse topado antes con alguien de México. Me siento repentina, estúpidamente orgulloso, y a la vez lejos, muy lejos de casa. Pero esta sensación se desvanece en cuanto llego al hotel y me dejo ganar por la vista de la bahía de Portree, un panorama digno del pincel de Turner: venciendo los nubarrones grises y negros que lo rodean, el sol convierte el mar en un espejo deslumbrante, o mejor, en una bandeja de plata con varios barcos pesqueros que se mecen y tintinean y refulgen hasta que la luz se difumina. (En estas latitudes el clima es impredecible como un niño: frío y lluvioso un momento, tibio y despejado al siguiente. No obstante, uno se acostumbra pronto a estos caprichos.)

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En Inverness hice migas con un taxista que, al enterarse de mi fascinación por las Hébridas, me dio los datos de un cuñado suyo que, además de ser oriundo y “gran conocedor de la historia” de Skye, tiene un hermano que dirige una compañía de taxis. Estos dos personajes, que a veces hablan entre sí en gaélico, son mis guías en un tour vespertino de la isla. Al cabo de admirar el Old Man of Storr, un extraño monolito de cincuenta y cinco metros de altura creado por la erosión de una meseta de basalto junto a la carretera de Portree, tengo una revelación cerca de Kilt Rock, un enorme acantilado que se alza vertiginosamente sobre el océano. (Hasta ahora doy con el verdadero significado de vértigo.) Sí, ahí está: una cabina o caja telefónica, azotada por el viento aunque impasible. El aparato no suena ahora, por supuesto, pero no importa: he atendido la llamada hecha desde una vieja fotografía.

–¿No es curiosa esa cabina (box) en medio de la nada? –pregunta uno de mis guías–. ¿Quién va a hablar desde ahí?

Pues yo, me digo, imaginándome dentro del monolito rojo –lo bautizo como el New Man of Storr– para marcar un número en México:

–Qué tal, soy yo. Estoy en medio de la nada, llamando desde una caja similar a las de Joseph Cornell. Nunca creí que la nada pudiera ser un sitio tan majestuoso.

Esta majestuosidad se traduce, entre otras cosas, en la proliferación de arco iris: en ocasiones pueden verse dos y hasta tres al mismo tiempo, una estampa de otro planeta. Sería un buen negocio, les comento a mis guías, cosechar arco iris; piensen en las ganancias que obtendrían exportándolos a todo el mundo. Además de la isla de nubes o niebla, Skye es Rainbowland: la tierra de los arco iris.

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La insurrección de 1745-1746 protagonizada por los jacobitas, los católicos de las Highlands que lucharon por restaurar la monarquía de los Estuardo, dio a la historia escocesa dos de sus héroes mayores: Charles Edward Stuart, conocido como Bonnie (“Guapo”) Prince Charlie, el príncipe que intentó recuperar el trono que los protestantes habían arrebatado a su abuelo Jacobo II de Inglaterra/Jacobo VII de Escocia en 1689; y Flora MacDonald, miembro del famoso clan MacDonald, una mujer originaria de Uist, una de las Hébridas. Luego de ser vencido por el ejército de Jorge II de Hannover en Culloden, a las afueras de Inverness, el 16 de abril de 1746, Bonnie Prince Charlie huyó a Stornoway, la capital de Lewis, que junto con Harris forma la isla más grande del archipiélago; para la fuga se disfrazó de la sirvienta irlandesa de Flora MacDonald, que consiguió un bote que los transportara a Skye a través de The Minch, el estrecho que separa a Escocia de las Hébridas. La hazaña quedó inmortalizada en una canción: “The Skye Boat Song”. En septiembre de 1746, Bonnie Prince Charlie embarcó a Francia y murió posteriormente en Roma; por haberlo ayudado, Flora fue condenada a seis meses de cárcel en Londres. La tumba de esta heroína se halla en Skye, entre los pueblos de Duntulm y Kilmuir, en un cementerio que da la impresión de estar en la cima del orbe. (Cerca del cementerio hay una curiosa lápida conmemorativa: “A la memoria de Seth Gordon, escritor y naturalista, cuyos veintisiete libros sobre las Highlands y las islas lograron que mucha gente apreciara la belleza de estos lugares. Su amor por las Hébridas influyó en su traslado a Skye, donde vivió más de cincuenta años.”)

En 1773, Samuel Johnson y James Boswell emprendieron un viaje por el archipiélago que fue registrado en dos obras excepcionales: A Journey to the Western Islands of Scotland y The Journal of a Tour to the Hebrides. En su libro, Johnson habla del encuentro con la heroína jacobita: “[En Kingsborough] fuimos atendidos con la acostumbrada hospitalidad por Mr. MacDonald y su mujer, Flora MacDonald: un nombre que, si el valor y la fidelidad son virtudes, pasará a la historia con todos los honores.” En el hermoso castillo de Dunvegan, en la costa oeste de Skye, se conserva una carta fechada el 28 de septiembre de 1773 y dirigida a uno de los patriarcas de los MacLeod, el clan que rivalizó con los MacDonald, en la que Samuel Johnson agradece las atenciones recibidas durante su estancia de ocho días en este recinto célebre por sus soberbios jardines: "Querido señor, estamos ahora a orillas del mar, a la espera de un barco y un golpe de viento. Boswell se pone impaciente, pero el trato amable con que me topo dondequiera que voy me hace abandonar con ánimo abatido una isla que quizá nunca volveré a ver.”

Junto a la de Johnson hay otra carta, fechada en Edimburgo el 3 de marzo de 1815 y firmada por Walter Scott, el autor de Ivanhoe, otra figura clave de las letras escocesas: "Querida señora, día con día he pospuesto pedirle que por favor acepte mi más sincera gratitud por la bella bolsa con que me honró hace algún tiempo. La hospitalidad de Dunvegan pervivirá en mi memoria, y me siento muy halagado por este obsequio que me lleva a inferir que mi visita no ha sido olvidada por la dama del castillo. Me atrevo a enviar (lo que ha demorado esta misiva) un ejemplar de un poema [The Lord of the Isles] que debe sus mejores partes a los MacLeod, tanto a su bondad como a su buen tino al recomendarme que visitara los espléndidos parajes entre esta región y Strathaird, que compiten en magnificencia y sublime desolación con cualquier escenario de las Highlands.”

¿Hay alguna duda? A la literatura le apasionan los confines del planeta.

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Para recorrer las Hébridas hay que acudir a Caledonian MacBrayne, la empresa líder en rutas de ferry en el noroeste de Escocia, que organiza los Island Hopscotch Tours: veintiséis paquetes distintos, diseñados para vagar por el archipiélago durante un mes. (La tarifa incluye únicamente el transporte marítimo.) El paquete que elijo, sin embargo, es de un día –ocho horas, en realidad: de 9:40 a.m. a 5:40 p.m.–, y su itinerario es el siguiente: Uig (Skye)-Tarbert (Harris), por ferry (se cruza el estrecho llamado Little Minch); Tarbert-Leverburgh (Harris), por autobús; Leverburgh-Berneray, por ferry (se cruza el Estrecho de Harris); Berneray-Lochmaddy (North Uist), por autobús; Lochmaddy-Uig, por ferry (se cruza de nuevo el Little Minch). El viaje de Skye a Harris es una experiencia cinematográfica de una hora y media; al llegar al puerto de Tarbert, una tempestad que parece brotar de la paleta de Turner empieza a diluir la mañana, transformándola en un cuadro hecho de plata derretida y múltiples tonalidades de gris. De los dos mil habitantes de Harris, señala el chofer a cargo del tour de dos horas por esta isla donde la desolación extrema es alterada por playas de una blancura casi tropical, quinientos viven en Tarbert; hay dos policías en el puerto porque los problemas no son comunes. (Otros datos curiosos: en días soleados, dicen, uno puede ver claramente las Hébridas de alrededor; el domingo, Harris y Lewis, que integran una sola masa insular aunque con diferentes dialectos gaélicos, se paralizan por completo, y no hay ferries sino hasta el lunes a primera hora; varios miembros del clan MacLeod están enterrados en St. Clement’s, una iglesia medieval cuyo silencio de tumba es interrumpido por la fuerza muscular del viento.)

Con la imagen indeleble de tres hombres que juegan golf bajo la lluvia en un campo a orillas del mar, abordo en Leverburgh, en la punta sur de Harris, el ferry que al cabo de una hora me deja en Berneray, el sitio más solitario que se pueda concebir. Mientras aguardo, durante quince minutos no exentos de temor, el autobús que me conducirá a Lochmaddy para tomar el barco de regreso a Skye, leo los anuncios clavados en una puerta de la minúscula construcción de concreto que hace las veces de estación portuaria. Descubro la tarjeta de un taxista –servicio las veinticuatro horas– llamado Angus A. MacDonald; me pregunto si será un pariente lejano de Flora, la heroína que logró que un príncipe se disfrazara de sirvienta. En el trayecto a Lochmaddy, fascinado por las viejas casas sin techo que salpican los campos y se recortan contra la tarde tormentosa como vislumbres del fin del mundo –un glorioso fin del mundo–, evoco la conversación que escuché en el ferry Leverburgh-Berneray: dos mujeres, una inglesa y otra oriunda de Harris, hablaban del clima en estas latitudes.

–Lo malo de ciudades como Londres –dijo en algún momento la inglesa– es que se pierde el verdadero sentido del cielo. En lugares como las Hébridas, por fortuna, uno lo recupera con renovada energía.

No hubiera podido expresarlo mejor.

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Dos son las empresas que programan tours a St. Kilda: Western Edge en Aberdeen, en la costa este de Escocia, y Murdo MacDonald en el puerto de Uig, en la isla de Lewis. (Hay que recordar que existe otro Uig en Skye.) Llamo a la segunda y me entero que el trayecto en barco hasta St. Kilda lleva unas ocho horas. Es una lástima, ya que realmente quería conocer este grupo de cuatro islas –Soay, Borneray, Dun y Hirta, la mayor– ubicado “en la orilla del mundo”, como dice Charles Maclean en su libro Island on the Edge of the World: un paraje de una belleza agreste, casi apocalíptica, que “yace en el Atlántico al filo de la plataforma continental, aproximadamente cincuenta millas al oeste de Harris y ciento diez millas al oeste de la tierra firme más cercana. Su aislamiento se incrementa debido a las dificultades del traslado. Hasta el siglo XIX, el viaje implicaba varios días con sus noches a bordo de un bote de remos conducido desde Skye por los hombres del clan MacLeod […] Incluso hoy en día [el libro de Maclean apareció en 1972] una embarcación que se dirija a St. Kilda no tiene garantizado el arribo a su destino”.

Los MacLeod fueron dueños de St. Kilda por varios siglos hasta que por fin, en 1930, los últimos treinta y cinco habitantes pidieron ser evacuados de Hirta (Hiort, en gaélico), la única isla que estuvo permanentemente ocupada. Ahora este diminuto archipiélago, famoso por acoger diversas especies de aves –alcatraces, sobre todo– que fueron “cosechadas” por los isleños, pertenece al National Trust for Scotland, que cada verano recluta voluntarios para participar en equipos de trabajo ecológico. Algún día, lo sé, visitaré esta nueva obsesión insular, aunque sea a bordo de una nave literaria.

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Última imagen de las Hébridas desde Kyle of Lochalsh: el viento, potentísimo, arrastra nubes grises hacia el océano, apilándolas sobre las islas como si les pertenecieran. Pero claro que les pertenecen, pienso, para más tarde toparme con este cartel en el aeropuerto de Inverness: “Usted está a media hora de otro mundo. Western Isles’ Hopper Service. Vuelos frecuentes que unen Inverness/Stornoway/Benbecula. Highland Airways.”

¿Otro mundo, las Hébridas? En efecto: otro mundo en la orilla del mundo.

[Texto incluido en mi libro Terra cognita, Fondo de Cultura Económica, México, 2007. Fotografía de la isla de Skye de Mauro A. Fuentes.]

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Mauricio Montiel Figueiras (1968) es narrador, ensayista y traductor mexicano. Entre sus libros más recientes se encuentran "La penumbra inconveniente" (2001), "La piel insomne" (2002), "Terra cognita" (2007), "La brújula hechizada. Algunas coordenadas de la narrativa contemporánea" (2009) y "Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura" (2010). En Twitter: @Elhombredetweed.

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